miércoles, 24 de agosto de 2016

La bolsa de basura

Rodríguez iba saliendo de su casa para ir a trabajar, pero volvió para buscar una bolsa plástica llena de basura, que tenía preparada desde la víspera para una ocasión así, es decir, una ocasión en la que él, camino hacia alguna parte, tuviera que pasar por donde estaba el tacho de basura que se alimentaba de las bolsas de basura producida y envasada en cada uno de los apartamentos del edificio.

El plan era sencillo y Rodríguez se iba acercando al tacho de basura sin pensar demasiado en nada relacionado con eso, pensando sí más bien en otras cosas relacionadas con otras cosas. Pero cuando se encontraba a menos de siete metros del tacho, Rodríguez detectó la proximidad de una agente perturbador, un elemento desestabilizador de la posible calma que acompañaba el automático, necesario, lógico, humano, social, comprensible, perfectamente justificado, habitual, cívico acto de tirar la basura. Era un individuo que, arrodillado junto al tacho, extraía de allí restos de alimentos, los cuales clasificaba y separaba en distintas bolsas que traía consigo, según el contenido proteínico, el tenor graso o el nivel de adición vitamínica que tuvieran; pero el individuo no daba la impresión de ayudarse, en la detección de las gradaciones específicas alcanzadas por cada uno de estos parámetros, con ningún tipo de instrumental técnico, excepción hecha de una protuberancia que él llevaba incorporada al rostro y que le servía para medir con precisión asombrosa el índice de putrefacción operante en cada residuo alimentario, ya que entre dos mitades de cáscara de naranja aparentemente iguales, el individuo descartaba una y se quedaba con la otra, y no era, como se dice vulgarmente, porque estuviere en condiciones de tirar manteca al techo. En efecto, su nivel de ingresos no parecía ser muy alto, a juzgar por unas pequeñas roturas visibles en un costado de su toga de arpillera.

Rodríguez empezó a vacilar. Luego siguió haciéndolo.

No sabía si ignorar al individuo y depositar la bolsa en el interior del tacho, o ignorar al individuo para dejar la bolsa a unos metros de él, o tomar otras actitudes cuya descripción se verá momentáneamente demorada por el análisis de aquellas otras ya mencionadas.

La primera de éstas, es decir, de aquéllas, a saber, ignorar al individuo y tirar la bolsa en el tacho, era casi imposible de llevar a la práctica, porque la posición de la cabeza y las manos del perturbacionista era tal que obligaba a Rodríguez, en caso de decidirse a tirar la bolsa en el tacho, a decir “con permiso”. Esta opción implicaba no ignorar al individuo y considerar el acto de depositar la bolsa como una entrega, era como decirle “tomá”, y eso requería reconocer previamente en el objeto alguna cualidad capaz de valorizarlo como obsequio.

Dejar la bolsa a una distancia prudencial del tacho implicaba también, quisiéralo o no Rodríguez, reconocer el origen humano de la perturbación, y localizarlo en la persona del espécimen que revisaba la basura, ya que, de haberse tratado de un perro o una rata, Rodríguez no habría tenido inconvenientes en tirar la bolsa en el tacho dejando por cuenta del animal la tarea de defenderse del impacto, y siendo en este caso dicho impacto únicamente de tipo físico, y no también emocional, social o como quisiera llamarse a las connotaciones extrafísicas que puede haber en la actitud de regalarle a alguien una bolsa con basura. La única forma de dejar la bolsa a pocos metros del tacho y al mismo tiempo ignorar efectivamente la presencia del foco problematizador era concretar una súbita mudanza al edificio de al lado, cuyo tacho de basura estaba en ese momento libre de incursiones extractivas (aunque no por mucho tiempo, ya que en cuatro o cinco tachos más adelante y con próximo asiento en los tachos sucesivamente más cercanos había otro qué sé yo). Esa mudanza súbita sólo podía producirse si llegaban a confluir allí en ese momento una serie de factores, como el que Rodríguez no fuera miope y pudiera ver en la pizarra del quiosco de enfrente si su número de lotería había salido favorecido. Dándose una solución afirmativa a esto, Rodríguez, en la euforia del triunfo, habría podido cruzar a cobrar portando un tácito perdón por la distracción consistente en no desprenderse todavía de la bolsa de basura. Al volver a su vereda, con el dinero en una mano y la bolsa en la otra, debía pasar el propietario de alguno de los apartamentos vacíos del edificio vecino al suyo, y Rodríguez podría entonces decirle “tome este dinero, le compro el apartamento; supongo que ahora puedo hacer uso del tacho de basura correspondiente a ese edificio”. Pero la miopía de Rodríguez invalidaba todo esto aun cuando su número de lotería hubiese resultado premiado y el dueño del apartamento vecino vacío estuviese llegando desde la otra cuadra.

No era posible entonces ignorar la presencia del individuo, había que tenerla en cuenta. Desde este punto de vista, dejar la bolsa en el tacho era una descortesía, estando como estaba Rodríguez en conocimiento de que el otro iba a tomarla y revisarla de todas maneras. Pero dársela en las manos no dejaba de constituir para él una ofensa, atendiendo al contenido repugnante de la bolsa. En cuanto a si para el otro ese acto podía resultar ofensivo o no, era algo difícil de prever. Más allá de sus intenciones de apropiarse la bolsa, el individuo podía contar con una dosis de orgullo que superara con creces en intensidad a la que se necesitaba para realizar el esfuerzo de levantar una bolsa no muy pesada que alguien le deja a uno al lado, o el de desatar un nudo mas o menos provisorio que alguien hizo en la boca de una bolsa de nailon. Otra posibilidad era dejarla en el tacho, pero abierta, dando a entender que no se ignoraban las intenciones del sujeto en cuanto a revisar la bolsa. Pero todos estos pensamientos pasaron con mucha rapidez por la mente de Rodríguez. Vencido por la ambigüedad contenida en el acto de darle a alguien algo que es una porquería, siendo que este alguien tiene de todas formas mucho interés en recibirla, Rodríguez empezó a  pensar en otro tipo de salidas.

Pensó, por ejemplo, en darle al individuo, no la bolsa de basura, sino una limosna. Sin embargo el análisis de esta posibilidad le reveló que esto no habría de librarlo del dilema de que hacer con la bolsa. Sea cual fuere la magnitud de la limosna, era evidente que nunca bastaría para consolidar en el otro una posición económica suficientemente holgada como para abandonar el hábito de hurgar en los tachos de basura. Entonces el individuo aceptaría quizá la limosna, pero metería inmediatamente después las manos en la bolsa. En cuanto a decirle “tome, le doy esto con la condición de que no revise la bolsa”, no parecía esto contener mayor cantidad de urbanidad que dejar la bolsa ahí nomás y retirarse del lugar sin decir ni siquiera “bolsa va”.

Rodríguez empezó a retroceder. Mientras lo hacía siguió examinando otras posibles maneras de deshacerse de la bolsa sin entrar en actitudes que hirieran sus principios.

Consideró el no dejar la bolsa en el tacho, sino sólo su contenido, vaciándolo en las manos del individuo. También consideró el dejar la bolas cerrada y decirle “mire, le dejo esto, y sé que lo va a abrir; no me gusta la idea pero sé que es lo único que usté puede hacer para vivir; yo quisiera ayudarlo, pero no puedo por razones salariales, etc.”. Luego pensó en vaciar la bolsa en el tacho del edificio vecino, pero volver luego y tirar la bolsa vacía en el otro tacho, mostrando su necesidad de evitar entregarle basura al otro, pero mostrando al mismo tiempo también que no era su intención hacerle un desaire ni fingir que no lo había visto ni que lo había visto pero que no quería roces con él.

Ninguna de estas opciones satisfizo a Rodríguez. Siguió retorciendo hasta entrar de nuevo en el edificio. Subió las escaleras también retrocediendo, y sacando la llave de su apartamento consiguió, luego de unos minutos de esfuerzo, abrir la cerradura permaneciendo él de espaldas a la puerta. Así entró al apartamento, y siguió retrocediendo hasta que se topó con la ventana, que estaba abierta. Supo detenerse en ese momento, y permaneció allí quieto como un muñeco a cuerda detenido en su marcha por algún obstáculo, siempre de espaldas a la ventana, con la bolsa de basura en la mano. Y así pasó un rato, hasta que de pronto Rodríguez oyó que desde abajo el tipo le gritaba “che, loco, aunque sea tirámela por la ventana”.




lunes, 9 de mayo de 2016

Tripas


Inhala.

Coge tanto aire como puedas.

Esta historia debería durar aproximadamente lo que puedas aguantar tu respiración, y entonces solo un poco mas. Así que escucha tan rápido como puedas.

Un amigo mío, cuando tenia trece años oyó hablar de “hacerse estacas”.

Es cuando un tío se mete un consolador por el culo. Se estimula la glándula de la próstata lo suficiente, y dicen que puedes tener orgasmos explosivos sin usar las manos. Con aquella edad, este amigo era un pequeño maniaco sexual. Siempre estaba investigando una nueva manera de soltar la carga. Salió a comprar una zanahoria y un poco de aceite de lubricar. Para hacer una pequeña exploración privada. Entonces se imaginó lo que iba a parecer en la cola del cajero del supermercado, con la solitaria zanahoria y el aceite de lubricar rodando por la cinta transportadora de la caja registradora hacia el cajero. Todos los compradores esperando en la cola, mirando. Todo el mundo viendo la gran tarde que tenia planeada.

Así que mi amigo compro leche, huevos, azúcar, y una zanahoria. Todos los ingredientes necesarios para un pastel de zanahoria. Y vaselina.

Como si fuera a meterse un pastel de zanahoria por el culo.

En casa apretó la zanahoria con el soporte de una herramienta fijadora. La embadurnó con grasa y la recubrió con su culo. Entonces nada. Ningún orgasmo.

Nada pasaba excepto que dolía.

Entonces, este chico oyó cómo su mama le gritaba que era la hora de la cena.
Ella dijo que bajara enseguida.

Se sacó la zanahoria y ocultó aquella cosa mugrienta y resbalosa con la ropa sucia bajo su cama.

Después de la cena fue a buscar la zanahoria. Y ya no estaba. Toda la ropa sucia, mientras el cenaba, había sido recogida por la madre para hacer la colada. No había manera de que no hubiera encontrado la zanahoria, cuidadosamente ocultada con un cuchillo de untar de su cocina, aun apestosa y reluciente de jugos.

Este amigo mío estuvo meses esperando cubierto de nubes negras. Esperando a que los suyos se lo echaran en cara. Y nunca ocurrió. Nunca. Incluso ahora que ha crecido, aquella zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de navidad, sobre cada fiesta de cumpleaños. En cada huevo de pascua que tiene con sus hijos, los nietos de sus padres, la zanahoria fantasma esta sobre ellos. Demasiado desagradable siquiera para mencionarlo.

Los Franceses tienen una frase: “La solución del escalón”. En francés “esprit de l’escalier”. Hace referencia a ese momento en el que encuentras la respuesta, pero que ya es demasiado tarde. Digamos que estas en una fiesta y alguien te insulta. Tienes que decir algo, pero bajo presión, con todo el mundo mirándote, dices algo inconsistente. Pero cuando te vas de la fiesta…. Cuando empiezas a bajar los escalones, entonces se produce el momento mágico. Vuelves con la cosa perfecta que deberías haber dicho. El perfecto corte que te deja derrotado. Esa es la solución del escalón.

El problema es que, incluso los Franceses, no tienen una frase para las estupideces que dices estando bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas que sueles pensar o hacer. Algunas acciones son demasiado vergonzosas hasta para tener un nombre.
Incluso para que se hablen de ellas.

Volviendo atrás, los expertos en psicología infantil, los consejeros escolares, dicen actualmente que la mayoría de los últimos casos de suicidios adolescentes eran de chicos que se asfixiaban mientras que se masturbaban. Sus familiares los encontraban, con una toalla enrollada alrededor del cuello del chico atada a la barra del armario de su cuarto. Muertos. Con esperma de muerto por todas partes. Por supuesto los familiares lo limpiaban. Le ponían unos pantalones a su hijo. Hacían que pareciera.. mejor. Por lo menos intencionado. El típico caso de triste suicidio adolescente.

A otro amigo mío, un chico de la escuela, su hermano mayor de la armada le contó como los chicos del oriente medio se masturbaban de manera diferente a como nosotros lo hacíamos aquí. Este hermano estaba destinado en algún país con camellos donde en el supermercado vendían lo que podían considerarse divertidos abrecartas. Cada uno de estos simpáticos instrumentos eran simplemente una fina barra de plata de ley, quizás tan larga como tu mano, con un gran tope en uno de los extremos, como una gran bola de metal del tipo del que hábilmente se acuñan en el mango de una espada. Este hermano de la armada decía como los chicos árabes se empalmaban y entonces insertaban esta barra de metal por el orificio de su nabo. Se pajeaban con la barra dentro y esto hacia que correrse fuera mucho mejor. Mas intenso.

Así tenemos a este hermano mayor que viajaba alrededor del mundo enviando frases Francesas. Frases Rusas. Útiles consejos de masturbación.

A continuación tenemos al hermano pequeño. Un día no apareció por el colegio. Esa noche llamó por teléfono y me preguntó si podía recogerle los deberes durante las dos próximas semanas. Por que el estaba en el hospital.

Tenia que compartir habitación con gente mayor con tratamientos en sus tripas. Contaba como tenían que compartir la misma televisión. Lo único que le daba algo de privacidad era una cortina. Sus familiares no fueron a visitarlo. Por teléfono me contó cómo de seguro estaba que sus padres podrían fácilmente matar a su hermano mayor de la armada.

Por teléfono me contó cómo el día antes él estaba en su cuarto un poco colocado. En su casa, en su dormitorio, desplomado en su cama. Estaba encendiendo una vela y flipando con algunas viejas revistas porno preparándose para pajearse.

Todo esto después de haber oído a su hermano de la armada. Los útiles consejos de cómo se hacían las pajas los árabes. El chico buscó alrededor algo que pudiera hacer aquel trabajo. La barra de un bolígrafo era demasiado grande. Un lápiz era demasiado grande y basto, pero derretido junto a la vela había un delgado y suave reguero de cera que podría valer. Con el simple contacto de un dedo este chico apartó el largo reguero de cera de la vela. Lo hizo girar entre las palmas de sus manos. Largo, suave y delgado.

Ciego y cachondo, lo introdujo para abajo. Mas y mas profundo dentro del orificio de su nabo. Con un poco de la cera aún fuera empezó a trabajárselo.

Incluso ahora él dice que aquellos chicos árabes son malditamente inteligentes a tope. Habían reinventado completamente el hacerse pajas. De espaldas sobre su cama la cosas se estaban poniendo tan bien que este chico no era capaz de prestar atención a la cera. Tan dedicado a apretarse bien para echar fuera la corrida mientras que la cera no iba a salir fuera nunca más.

La delgada barra de cera de deslizó adentro. Dentro del todo. Tan adentro que no podía notarla en sus conductos urinarios.

Desde abajo su madre gritó que era hora de cenar. Ella dijo que bajara ahora mismo. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas diferentes, pero todos nosotros vivimos muy mucho la misma vida.

Fue tras la cena cuando las entrañas del chico empezaron a doler. Es cera, así que el se imagino que simplemente se derretiría dentro de el y que la mearía. Y ahora, ahora le duele la espalda, los riñones, y no puede estar derecho.

Mientras este chico hablaba desde la cama del hospital podías oír de fondo los timbres sonando, la gente gritando, los concursos.

Los rayos X mostraron la verdad. Algo delgado y largo se había doblado dentro de su vejiga. Esta larga V de su interior estaba recolectando todos los minerales de su orina. Se estaba haciendo más grande y basta, recubriéndose con cristales de calcio, ensanchándose alrededor, rellenando el suave conducto de su vejiga, obstruyendo la salida de su orina al exterior. Sus riñones estaban del revés. Lo poco que goteaba de su picha era el rojo de la sangre.

Este chico y los suyos, su familia al completo, todos mirando a la radiografía con los doctores y las enfermeras. La gran V de cera fosforeciendo en blanco para que todo el mundo la pudiera ver. Tuvo que decir la verdad. La manera en la que los árabes se pajeaban. Lo que su hermano mayor de la armada le había escrito en sus cartas.

Por teléfono, en ese momento, empezó a llorar.

Pagaron la operación de vejiga con el fondo para la universidad. Un fallo estúpido, y ahora él ya nunca será un abogado.

Introduciendo cosas dentro de ti. Introduciéndote dentro de cosas. Una vela en tu picha o tu cabeza en un nudo. Sabíamos que iba a haber grandes problemas.

Lo que me creó problemas a mí es lo que llamo “buceo de perlas”. Esto significa machacártela bajo el agua, sentado en el fondo, en lo más profundo de la piscina de mis padres. Con una respiración profunda me lanzo al fondo y mi deshago de mi bañador. Permanezco sentado allí dos, tres, cuatro minutos.

Simplemente por pajearme poseo una gran capacidad pulmonar. Si tuviera la casa para mí solo lo haría todas las tardes; después de bombear hasta el final, mi material, mi esperma, se mantiene alrededor en grandes y gordos grumos lechosos.

Después, más buceo. Para cojerlo todo. Recolectar y destripar cada puñado en una toalla. Por eso lo llamo “buceo de perlas”. Incluso con el cloro siempre he de tener cuidado por culpa de mi hermana. O mi madre. Dios bendito.

Ese solía ser mi peor temor en el mundo: mi adolescente hermana virgen pensando que simplemente estaba engordando, y luego dando a luz a un bebe retardado de dos cabezas. Ambas cabezas como la mía. La cabeza del padre y la del tío.

Al final nunca es lo que tienes cuidado lo que acaba pillándote. La mejor parte del buceo de perlas era el desagüe para el filtro de la piscina y la bomba de circulación del agua. La mejor parte era desnudarse y sentarse encima.

Como dirían los franceses ¿A quién no le gusta que le chupen el culo?

Tranquilamente, en un momento eres un chico pajeándose, y un minuto después ya nunca serás un abogado.

En un momento dado estoy sentado en el fondo de la piscina y el cielo es ondulante y celeste tras dos metros y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo es mudo excepto por latido de mi corazón en mis oídos. Mi bañador de rayas amarillas esta enrollado en mi cuello como medida de seguridad, por si un amigo, un vecino, o cualquiera aparece preguntando por que no he ido al entrenamiento de fútbol. El sorbido constante del desagüe del filtro me traga y yo desparramo mi canijo culo blanco con esa sensación.

En un momento dado tengo suficiente aire y la picha en la mano. Mi padres están en el trabajo y mi hermana tiene ballet. Se supone que nadie estará en casa durante horas.

Mi mano me lleva derecho a correrme y me paro. Nado hacia arriba para coger otra gran bocanada. Buceo hacia abajo y me asiento en el fondo.

Lo hago una y otra vez.

Debe ser por esto por lo que las chicas quieren sentarse en tu cara. La succión es como estar soltando la carga eternamente. Mi polla esta dura y mi culo siendo comido. No necesito aire. El latido de mi corazón en mis oídos. Permanezco abajo hasta que brillantes estrellas de luz empiezan a pulular alrededor de mis ojos. Abierto de piernas, con la parte de atrás de las rodillas pegadas al fondo de cemento. Los dedos de mis pies se vuelven azules. Los dedos de mis pies y de mis manos se arrugan de estar tanto tiempo en el agua.

Entonces dejo que ocurra. Los grandes grumos blancos empiezan a desperdigarse. Las perlas. Entonces es cuando necesito algo de aire. Pero cuando voy a darme impulso con los pies contra el fondo, no puedo. No puedo poner mis pies debajo de mí. Mi culo esta atrapado.

Los enfermeros de emergencias te dirán que cada año alrededor de 150 personas quedan atrapados de esta manera, sorbidos por una bomba de circulación. Enrédate con el pelo, o con el culo, y te vas a ahogar. Cada año toneladas de gente lo hace. La mayoría en Florida.
La gente simplemente no habla de ello. Ni siquiera los franceses hablan de todo. Levantando una rodilla, escurriendo un pie debajo mía empiezo a levantarme a medias cuando noto la tracción sobre mi culo. Poniendo el otro pie debajo de mi me doy impulso contra el fondo. Me libero pateando, sin tocar el fondo, pero sin conseguir aire tampoco.

Aun pateando el agua, agitando ambos brazos, debo estar a mitad de camino de la superficie, pero sin subir más alto. El latido de mi corazón de los oídos se hace más fuerte y rápido.

Las brillantes chispas de luz cruzan y recruzan mis ojos. Me vuelvo y miro atrás…. pero no tiene sentido. Una gruesa cuerda, como una serpiente, azul clara, trenzada con venas, ha salido del desagüe de la piscina y esta enganchada a mi culo.

De algunas de las venas brota sangre, sangre roja que parece negra bajo el agua y se desperdiga en pequeños hilos de la piel pálida de la serpiente. La sangre se aleja, desapareciendo en el agua, y dentro la delgada y azul clara serpiente puedes ver trozos de almuerzo medio digeridos.

Esa es la forma en la que tiene sentido. algún horrible monstruo marino, una serpiente de mar, algo que nunca ha visto la luz del día, ha estado ocultándose en el oscuro fondo del desagüe de la piscina, esperando para comerme.

Así que lo pateo, pateo la deslizante y nudosa piel como de plástico, y sus venas, y parece como si saliera aun más del desagüe de la piscina. Debe de ser como mi pierna de larga ahora, pero aun se aferra fuerte alrededor del ojo de mi culo. Con otra patada estoy una pulgada más cerca de coger otra bocanada. Aun sintiendo a la serpiente arrastrándome por el culo estoy una pulgada mas cerca de mi evasión.

Dentro de la serpiente, a nudos, se puede ver maíz y cacahuetes. Puedes ver una larga brillante pelota naranja. Es del tipo de las cápsulas para caballo de vitaminas que mi padre me hace tomar para ayudarme a coger peso. Para conseguir una beca de fútbol. Con extra de hierro y ácidos de grasa omega tres.

Parece que esa pastilla de vitaminas es la que me salva la vida.

No es una serpiente. Es mi intestino delgado. Mi colon sacado fuera de mí. Lo que los doctores llaman ¿PROLEPSIA?. Son mis tripas sorbidas por el desagüe.

Los enfermeros te dirán que una piscina bombea 80 galones de agua por minuto. Eso son casi 400 libras de presión. El gran problema es que estamos totalmente conectados por dentro. Tu culo es simplemente el lejano final del tu boca.

Si lo dejo ir la bomba continuará trabajando el deshilacheo de mis entrañas hasta que consiga mi lengua. Imagina cagando una mierda de 400 libras y veras como esto puede volverte del revés.

Lo que puedo deciros es que tus tripas no sienten mucho dolor. No de la forma que tu piel lo hace. Las cosas que tu digieres son conocidas como materia fecal por los doctores. Antes de eso son pegotes de una masa suelta de revoltijos con maíz, cacahuetes y guisantes redondos verdes.

Ahí estaba toda esa sopa de sangre y maíz, mierda, esperma y cacahuetes flotando alrededor mía. Incluso con mis entrañas deshilachándose fuera de mi culo, agarrándome a lo que aun les quedaba, incluso entonces mi mayor deseo era que alguien me pusiera de nuevo mi bañador.

Que Dios no permita a mis padres ver mi polla.

Una mano apretando el puño alrededor de mi culo. La otra mano desenganchando mi bañador de rayas amarillas intentando sacármelo de alrededor de mi cuello. Imposible ponérselos.

Si quieres sentir tus intestinos compra un paquete de esos condones de piel de carnero. Coge uno y desenróllalo. Rellénalo con mantequilla de cacahuetes. Recúbrelo con aceite de lubricante y sumérgelo bajo agua. Entonces intenta rasgarlo. Trata de partirlo en dos. Es demasiado resistente, y como de goma. Es tan escurridizo que no puedes sujetarlo.

Un condón de piel de carnero. Justamente como los intestinos.

Así puedes imaginar a lo que estoy enganchado.

Lo dejas ir un segundo y estas destripado.

Nadas hacia la superficie, a por una bocanada, y estas destripado.

No nadas y te ahogas.

Es una opción entre estar muerto ahora mismo, o dentro de un minuto a partir de ahora.
Lo que mis padres encontraran después del trabajo será un gran feto desnudo, vuelto sobre si mismo, flotando en las turbias aguas de su piscina trasera. Conectado al fondo por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. Lo contrario de un chico ahorcándose hasta morir mientras se hace una paja. Este es el bebé que trajeron del hospital hace trece años. Aquí esta el chico que ellos esperaban lograra conseguir una beca escolar y un titulo universitario. ¿Quién cuidara de ellos en su vejez? Aquí están todas sus ilusiones y sus sueños. Aquí flotan, desnudas y muertas. Y alrededor suya, grandes perlas lechosas de esperma desperdiciado.

O eso, o mis padres me encontraran enrollado en una toalla sangrienta, dando espasmos a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, con las entrañas, retorcijos de restos de mis tripas, aún colgando de la pernera de mis bañadores de rayas amarillas.

De lo que ni siquiera los franceses hablaran.

Aquel hermano mayor de la armada nos enseñó otra buena frase. Una frase Rusa. La manera en la que nosotros decimos “Necesito eso como necesito tener un agujero en la cabeza….” los Rusos dicen “Necesito eso como necesito tener dientes en el ojo del culo….”
Mne eto nado kak zuby v zadnitse.

Hay historias de animales atrapados en un cepo que se arrancan la pata. Bien, cualquier coyote te diría que un par de mordiscos, y al diablo con estar muerto.

Demonios. Incluso si eres ruso, algún día puedes querer tener esos dientes.

De otro modo, lo que tendrías que hacer es girar en redondo. Enganchar un codo bajo tu rodilla y levantar esa pierna hasta tu cara. Morder y desgarrar tu propio culo. Te estas quedando sin aire y mascarías cualquier cosa para conseguir la siguiente bocanada.

No es una cosa que quisieras decirle a una chica en la primera cita. No si esperas un beso de buenas noches.

Si os dijera como sabe, nunca jamás, nunca más volveríais a comer calamares.

Es difícil decir por qué estaban mis padres mas disgustados: cómo me metí en problemas o cómo me salve. Después del hospital mi madre dijo: “No sabias lo que hacías, cariño, estabas en estado de shock.”, y aprendió a cocinar huevos escalfados.

Todas esas personas completamente llenas de sentimiento por mí…

Lo necesito como necesito unos dientes en el ojo de mi culo.

Hoy en día la gente siempre me dice que parezco muy delgado. En las cenas la gente se queda callada y molesta cuando no me como las marmitas de carne de vaca.

La marmita de carne de vaca me mataría. La carne asada. Cualquier cosa que permanezca por mis tripas mas de un par de horas, sale fuera siendo aun comida.

Guisantes caseros o atún ligeramente preparado. Me levantare y comprobare que siguen estando allí dentro en el inodoro.

Después de tener una rediseccion radical de intestinos no digieres la carne tan bien. La mayoría de la gente tenéis metro y medio de intestino delgado. Yo tengo suerte de tener mis 18 centímetros. Consiguientemente nunca gane una beca de fútbol. Nunca un titulo universitario. Mis dos amigos, el chico de la cera, y el chico de la zanahoria, ambos crecieron y se hicieron grandes, pero yo nunca he engordado un kilo más que cuando tenia trece años.

Otro gran problema fue que mis padres habían pagado un buen dinero por aquella piscina. Al final mi padre le dijo al encargado de la piscina que fue un perro. El perro de la familia cayó dentro y se ahogó. El cuerpo sin vida quedó enganchado en el desagüe. Hasta cuando el encargado de la piscina extrajo el filtro de la bomba, con un largo tubo como de plástico con una gran cápsula naranja de vitaminas dentro, incluso entonces mi padre dijo que “Ese perro estaba como un puta cabra”.

Incluso desde mi dormitorio del piso de arriba se podía oír a mi padre decir que “No podíamos dejar a ese perro solo ni un segundo….”.

Entonces a mi hermana no le vino el periodo.

Incluso después de cambiar el agua de la piscina, después de vender la casa, de mudarnos a otro estado, del aborto de mi hermana, incluso entonces mis padres nunca lo volvieron a mencionar.

Nunca.

Esa es nuestra zanahoria invisible.

Tú. Ahora tú puedes coger una buena bocanada.

Yo aún no puedo.




jueves, 2 de julio de 2015

La compuerta número 12


Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y a sus débiles destellos se delineaban vagamente en la penumbra las hendiduras y partes salientes de la roca: una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.

Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.

El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguir su elevada talla, sólo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación.

A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto:

-Señor, aquí traigo el chico.

Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente, y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado de sus juegos infantiles y condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las humildes galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron y con fingida aspereza le dijo al viejo que muy inquieto por aquel examen fijaba en él una ansiosa mirada:

-¡Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo?
-Sí, señor.

-Pues debías tener lástima de sus pocos años y antes de enterrarlo aquí enviarlo a la escuela por algún tiempo.

-Señor -balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica-. Somos seis en casa y uno solo el que trabaja, Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.

Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz vencido por aquel mudo ruego llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyose un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.

-Juan -exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado- lleva este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.
Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:

-He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo.

Y haciendo con la diestra un ademán enérgico, lo despidió.

Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de rieles cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante y más atrás con el pequeño Pablo de la mano seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida habían llenado de angustia su corazón. Desde algún tiempo su decadencia era visible para todos; cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. El balde desde el amanecer hasta la noche durante catorce horas mortales, revolviéndose como un reptil en la estrecha labor, atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose contra el filón inagotable, que tantas generaciones de forzados como él arañaban sin cesar en las entrañas de la tierra.

Pero aquella lucha tenaz y sin tregua convertía muy pronto en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos. Allí en la lóbrega madriguera húmeda y estrecha, encorvábanse las espaldas y aflojábanse los músculos y, como el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vista de la vara, los viejos mineros cada mañana sentían tiritar sus carnes al contacto de la vena. Pero el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela, y reanudaban taciturnos la tarea agobiadora, y la veta entera acribillada por mil partes por aquella carcoma humana, vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del mar.
La súbita detención del guía arrancó al viejo de sus tristes cavilaciones. Una puerta les cerraba el camino en aquella dirección, y en el suelo arrimado a la pared había un bulto pequeño cuyos contornos se destacaban confusamente heridos por las luces vacilantes de las lámparas: era un niño de diez años acurrucado en un hueco de la muralla.

Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las manos enflaquecidas, mudo e inmóvil, pareció no percibir a los obreros que traspusieron el umbral y lo dejaron de nuevo sumido en la obscuridad. Sus ojos abiertos, sin expresión, estaban fijos obstinadamente hacia arriba, absortos tal vez, en la contemplación de un panorama imaginario que, como el miraje del desierto, atraía sus pupilas sedientas de luz, húmedas por la nostalgia del lejano resplandor del día.

Encargado del manejo de esa puerta, pasaba las horas interminables de su encierro sumergido en un ensimismamiento doloroso, abrumado por aquella lápida enorme que abogó para siempre en él la inquieta y grácil movilidad de la infancia, cuyos sufrimientos dejan en el alma que los comprende una amargura infinita y un sentimiento de execración acerbo por el egoísmo y la cobardía humanos.

Los dos hombres y el niño después de caminar algún tiempo por un estrecho corredor, desembocaron en una alta galería de arrastre de cuya techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua. Un ruido sordo y lejano, como si un martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas la armadura del planeta, escuchábase a intervalos. Aquel rumor, cuyo origen Pablo no acertaba a explicarse, era el choque de las olas en las rompientes de la costa. Anduvieron aún un corto trecho y se encontraron por fin delante de la compuerta número doce.

-Aquí es -dijo el guía, deteniéndose junto a la hoja de tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en una roca.

Las tinieblas eran tan espesas que las rojizas luces de las lámparas, sujetas a las viseras de las gorras de cuero, apenas dejaban entrever aquel obstáculo.

Pablo, que no se explicaba ese alto repentino, contemplaba silencioso a sus acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas palabras breves y rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el manejo de la compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró repetidas veces, desvaneciendo la incertidumbre del padre que temía que las fuerzas de su hijo no bastasen para aquel trabajo.

El viejo manifestó su contento, pasando la callosa mano por la inculta cabellera de su primogénito, quien hasta allí no había demostrado cansancio ni inquietud. Su juvenil imaginación impresionada por aquel espectáculo nuevo y desconocido se hallaba aturdida, desorientada. Parecíale a veces que estaba en un cuarto a oscuras y creía ver a cada instante abrirse una ventana y entrar por ella los brillantes rayos del sol., y aunque su inexperto corazoncito no experimentaba ya la angustia que le asaltó en el pozo de bajada, aquellos mimos y caricias a que no estaba acostumbrado despertaron su desconfianza.

Una luz brilló a lo lejos en la galería y luego se oyó el chirrido de las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía retumbar el suelo.

-¡Es la corrida! -exclamaron a un tiempo los dos hombres.

-Pronto, Pablo -dijo el viejo-, a ver cómo cumples tu obligación.

El pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral.

Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado, y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien había que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues había en la mina muchísimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo; que él estaba cerca y vendría a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena regresarían juntos a casa.

Pablo oía aquello con espanto creciente y por toda respuesta se cogió con ambas manos de la blusa del minero. Hasta entonces no se había dado cuenta exacta de lo que se exigía de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple paseo, le produjo un miedo cerval, y dominado por un deseo vehementísimo de abandonar aquel sitio, de ver a su madre y a sus hermanos y de encontrarse otra vez a la claridad del día, sólo contestaba a las afectuosas razones de su padre con un "¡vamos!" quejumbroso y lleno de miedo. Ni promesas ni amenazas lo convencían, y el "¡vamos, padre!", brotaba de sus labios cada vez más dolorido y apremiante.

Una violenta contrariedad se pintó en el rostro del viejo minero; pero al ver aquellos ojos llenos de lágrimas, desolados y suplicantes, levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad infinita: ¡era todavía tan débil y pequeño! Y el amor paternal adormecido en lo íntimo de su ser recobró de súbito su fuerza avasalladora.

El recuerdo de su vida, de esos cuarenta años de trabajos y sufrimientos, se presentó de repente a su imaginación, y con honda congoja comprobó que de aquella labor inmensa sólo le restaba un cuerpo exhausto que tal vez muy pronto arrojarían de la mina como un estorbo, y al pensar que idéntico destino aguardaba a la triste criatura, le acometió de improviso un deseo imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias, cuyas espaldas reciben con el mismo estoicismo el golpe brutal del amo y las caricias de la roca en las inclinadas galerías.

Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le demostró lo insensato de su quimera. La mina no soltaba nunca al que había cogido, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la mina crecían raquíticos, débiles, paliduchos, pero había que resignarse, pues para eso habían nacido.

Y con resuelto ademán el viejo desenrolló de su cintura una cuerda delgada y fuerte y a pesar de la resistencia y súplicas del niño lo ató con ella por mitad del cuerpo y aseguró, en seguida, la otra extremidad en un grueso perno incrustado en la roca. Trozos de cordel adheridos a aquel hierro indicaban que no era la primera vez que prestaba un servicio semejante.

La criatura medio muerta de terror lanzaba gritos penetrantes de pavorosa angustia, y hubo que emplear la violencia para arrancarla de entre las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada que el bíblico Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres.

Sus voces llamando al viejo que se alejaba tenían acentos tan desgarradores, tan hondos y vibrantes, que el infeliz padre sintió de nuevo flaquear su resolución. Mas, aquel desfallecimiento sólo duró un instante, y tapándose los oídos para no escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un instante, y escuchó: una vocecilla tenue como un soplo clamaba allá muy lejos, debilitada por la distancia:

-¡Madre! ¡Madre!

Entonces echó a correr como un loco, acosado por el doliente vagido, y no se detuvo sino cuando se halló delante de la vena, a la vista de la cual su dolor se convirtió de pronto en furiosa ira y, empuñando el mango del pico, la atacó rabiosamente. En el duro bloque caían los golpes como espesa granizada sobre sonoros cristales, y el diente de acero se hundía en aquella masa negra y brillante, arrancando trozos enormes que se amontonaban entre las piernas del obrero, mientras un polvo espeso cubría como un velo la vacilante luz de la lámpara.

Las cortantes aristas del carbón volaban con fuerza, hiriéndole el rostro, el cuello y el pecho desnudo. Hilos de sangre mezclábanse al copioso sudor que inundaba su cuerpo, que penetraba como una cuña en la brecha abierta, ensanchándose con el afán del presidiario que horada el muro que lo oprime; pero sin la esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar al fin de la jornada una vida nueva, llena de sol, de aire y de libertad.






El clis de sol



No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la maravilla el no comunicarla para que los sabios y los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece.

Podría tal vez entrar en un análisis serio del asunto, pero me reservo para cuando haya oído las opiniones de mis lectores. Va, pues, monda y lironda, la consabida maravilla.

Nor Cornelio vino a verme y trajo consigo un par de niñas de dos años y medio de edad, como nacidas de una sola “camada” como él dice, llamadas María de los Dolores y María del Pilar, ambas rubias como una espiga, blancas y rosadas como durazno maduro y lindas como si fueran “imágenes”, según la expresión de ñor Cornelio. Contrastaban la belleza infantil de las gemelas con la sincera incorrección de los rasgos fisionómicos de ñor Cornelio, feo si los hay, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo rajado de los talones. Naturalmente se me ocurrió en el acto preguntarle por el progenitor feliz de aquel par de boquirrubias. El viejo se chilló de orgullo, retorció la jetaza de pejibaye rayado, se limpió las babas con el revés de la peluda mano y contestó:

-¡Pos yo soy el tata, más que sea feo el decilo! No se parecen a yo, pero es que la mama no es tan pior, y pal gran poder de mi Dios no hay nada imposible.

-Pero dígame, ñor Cornelio, ¿su mujer es rubia, o alguno de los abuelos era así como las chiquitas?

-No, señor; en toda la familia no ha habido ninguno gato ni canelo; todos hemos sido acholaos.

-Y entonces, ¿cómo se explica usted que las niñas hayan nacido con ese pelo y esos colores?

El viejo soltó una estrepitosa carcajada, se enjarró y me lanzó una mirada de soberano desdén.

-¿De qué se ríe, ñor Cornelio?

-¿Pos no había de rirme, don Magón, cuando veo que un probe inorante como yo, un campiruso pion, sabe más que un hombre como usté que todos dicen qu’es tan sabido, tan leído y que hasta hace leyes onde el Presidente con los menistros?

-A ver, explíqueme eso.

-Hora verá lo que jue.

Nor Cornelio sacó de las alforjas un buen pedazo de sobado, dio un trozo a cada chiquilla, arrimó un taburete, en el que se dejó caer satisfecho de su próximo triunfo, se sonó estrepitosamente las narices, tapando cada una de las ventanas con el índice respectivo, restregó con la planta de la pataza derecha limpiando el piso, se enjugó con el revés de la chaqueta y principió su explicación en estos términos:

-Usté sabe que hora en marzo hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el medio; bueno, pues, como unos veinte días antes Lina, mi mujer, salió habelitada de esas chiquillas. Dende ese entonces le cogió un desasosiego tan grande que aquello era cajeta: no había cómo atajala, se salía de la casa de día y de noche, siempre ispiando pal cielo; se iba al solar, a la quebrada, al charralillo del cerco, y siempre con aquel capricho y aquel mal que no había descanso ni más remedio que dejala a gusto. Ella había sido siempre muy antojada en todos los partos. Vea, cuando nació el mayor jue lo mesmo; con que una noche me dispertó tarde de la noche y m’hizo ir a buscarle cojoyos de cirgüelo macho. Pior era que juera a nacer la criatura con la boca abierta. Le truje los cojoyos; endespués otros antojos, pero nunca la llegué a ver tan desasosegada como con estas chiquitas. Pos hora verá, como l’iba diciendo, le cogió por ver pal cielo día y noche, y el día del clis de sol, qu’estaba yo en la montaña apiando un palo pa un eleje, es qu’estuvo ispiando el sol en el breñalillo del cerco dende buena mañana.

Pa no cansalo con el cuento, así siguió hasta que nacieron las muchachitas estas. No le niego que a yo se m’hizo cuesta arriba el velas tan canelas y tan gatas, pero dende entonces parece que hubieran traído la bendición de Dios. La mestra me las quiere y les cuece la ropa, el Político les da sus cincos, el Cura me las pide pa paralas con naguas de puros linoses y antejuelas en el altar pal Corpus y, pa los días de la Semana Santa, las sacan en la procesión arrimadas al Nazareno y al Santo Sepulcro; pa la Nochebuena las mudan con muy bonitos vestidos y las ponen en el portal junto a las Tres Divinas. Y todos los costos son de bolsa de los mantenedores, y siempre les dan su medio escudo, gu bien su papel de a peso gu otra buena regalía. ¡Bendito sea mi Dios que las jue a sacar pa su servicio de un tata tan feo como yo…! Lina hasta que está culeca con sus chiquillas, y dionde que aguanta que no se las alabancén. Ya ha tenido sus buenos pleitos con curtidas del vecindario por las malvadas gatas.

Interrumpí a ñor Cornelio temeroso de que el panegírico no tuviera fin, y lo hice volver al carril abandonado.

-Bien, ¿pero idiái?

-¿Idiái qué? ¿Pos no ve que jue por haber ispiao la mama el clis de sol por lo que son canelas? ¿Usté no sabía eso?

-No lo sabía, y me sorprende que usted lo hubiera adivinado sin tener ninguna instrucción.

-Pa qué engañalo, don Magón. Yo no juí el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un mestro italiano que hizo la torre de la iglesia de la villa: un hombre gato, pelo colorao, muy blanco y muy macizo que come en casa dende hace cuatro años?

-No, ñor Cornelio.

-Pos él jue el que m’explicó la cosa del clis de sol.